El presente artículo estudia el proceso mediante el cual el Ecuador consiguió su independencia de España, primero formando parte de la Gran Colombia y luego estableciéndose como república
autónoma.
La independencia de España (1809 1822)
La etapa de la independencia, a su vez, tiene dos momentos diferenciados: el inicial o de la "Revolución Quiteña" (1809-1812) en el cual se declara pero no se consigue la independencia, y al final,
en el cual las fuerzas patriotas termina por imponerse (1820-1822).
La Revolución Quiteña (1809-1812)
Damos el nombre de "Revolución Quiteña" al primer momento de la lucha por la independencia ecuatoriana, durante el cual la iniciativa correspondió a la ciudad de Quito, cuyas clases dirigentes
trataron de establecer un proyecto económico político original, pero fracasaron en su empeño. Para comprender el sentido y alcance de ese movimiento, así como las razones de su fracaso, es
necesario analizar tres de sus causas más importantes: los recortes de jurisdicción territorial, la fragmentación interna de la presidencia y la incapacidad de los gobernantes locales.
Los recortes de jurisdicción territorial
Durante los últimas décadas colonial y en gran parte como consecuencia de la relativa decencia económica y política de la audiencia quiteña fue a otras regiones del imperio español, el control de
Quito sobre sus provincias más periféricas se fue debilitando. Concomitantemente, esas provincias comenzaron a ser gobernadas cada vez más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales
virreinales.
Ese fue el caso, por ejemplo, de Tumaco, La Tola, Limones y Atacames, es decir la actual provincia de Esmeraldas, cuyo gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregando de Quito entre 1764 y
1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán.
Algo parecido sucedió a partir de 1802 con la región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La Cédula Real del 15 de julio de 182 creó el Obispado y la Comandancia General de
Maynas y los hizo depender de la autoridades religiosas y militares de Lima y no de las Quito.
Un tercer problema fue el originado por la Real Orden de 7 de julio de 1803, a consecuencia del cual el gobierno militar y político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a
depender de Lima.
En síntesis, la autoridad de Quito sobre la Costa y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las élites quiteñas jamás se resignaron ante tal situación y llegaron a proponer que la Presidencia
de Quito, con inclusión de todas sus provincias, fuera elevada a Capitanía General, independiente de la pesada tutela de Bogotá y Lima. Ese proyecto era viable y representaba una vieja aspiración
de Quito, pero el gobierno de Madrid no se decidió a aprobarlo. Por eso, cuando ese gobierno entró en crisis por la invasión de Napoleón a España, las élites quiteñas creyeron que no les quedaba
otro recurso que el de tomar el poder para satisfacer sus aspiraciones geopolíticas.
La fragmentación interna de la presidencia
De lo dicho ya se puede colegir que la Presidencia de Quito a fines de la época colonial era un espacio desarticulado en lo geográfico, social, económico y político. Para comenzar, extensas zonas
apenas si estaban conectadas con la "civilización": tal era el caso de casi todo el Oriente y la Costa norte, donde la presencia europea era tenue. Pero también la zona "civilizada" eta
profundamente dividida en cuatro regiones, nucleadas por otras tantas ciudades: La Sierra norte (Popayán), la Sierra centro (Quito), la Sierra sur (Cuenca) y la Costa centro sur (Guayaquil. Cada
región tenía su propia economía, sus propias relaciones de trabajo, sus propios ritmos demográficos y la autoridad del gobierno quiteño sobre ellas era limitada.
Quito sentía que el control de su provincias se le iba de las manos y procuraban reafirmarlo, a la vez que procuraba aflojar los lazos que le sujetaban a las sedes virreinales. Algo parecido
ocurría en cada región: cada capital veía con desagrado los intentos centralistas de Quito, pero al mismo tiempo insistía en su propia hegemonía interregional, que a la vez causaban resentimiento
en las ciudades menores.
Dentro de este marco, la Revolución Quiteña de agosto de 1809 puede entenderse como un intento de la capital por recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus
provincias.
La incapacidad de los gobernantes locales
Al momento de iniciarse la Revolución Quiteña, gobernaba la Audiencia don Manuel de Urriez, conde Ruiz de Castilla. El Conde era un anciano de 75 años, poco apto para enfrentar las tareas propias
de su cargo. Pero el suyo no era sólo un gobierno ineficaz; a ojos de los nobles quiteños, la administración del Conde contrastaba bruscamente con la de su antecesor, el barón de Carondelet. No
sólo que la administración del Barón había sido más eficiente sino que, sobre todo, él había permitido que la nobleza criolla, y en especial la poderosa familia de los Montúfares, tuviera enorme
influyo y participación en el poder, al punto que el de Carondelet ha sido llamado "el gobierno criollo". Ruiz de Castilla nunca tuvo la suficiente visión como para atraerse a la aristocracia
local, con la que mantuvo desde el principio relaciones más bien tensas.
Así, el golpe de 1809 también pretendía quitar de en medio de una administración abúlica y que no tomaba suficientemente en cuenta los interesados locales, para entregar el poder a quienes se
sentían los líderes naturales del país.
El diez de agosto de 1809
La causa inmediata de la independencia hispanoamericana, fue la crisis de la monarquía española, provocada a su vez por la invasión de Napoleón a España (1808). Apenas las noticias de esos
acontecimientos fueron llegando a sus oídos, las clases dirigentes quiteñas comenzaron a analizar las diversas y confusas implicaciones de los acontecimientos de España y decidieron que había
llegado el momento de tomar el poder en sus propias manos, antes de que Lima o Bogotá tratasen de imponer sus propios intereses. Así comenzó la Revolución Quiteña.
Después de algunos titubeos iniciales, la conspiración estalló el 10 de Agosto de 1809. En la noche del 9 de reunieron en casa de doña Manuela Cañizares algunos patriotas, intelectuales y miembros
de las familiares más destacadas de Quito, y decidieron deponer a las autoridades y en su lugar formar una Junta Suprema. Consiguieron sin dificultad el apoyo de las tropas locales y tomaron presos
a los miembros del gobierno En síntesis, el golpe cogió desprevenidos a las autoridades y triunfó sin oposición.
Pero el fácil triunfo no logró ocultar algunas carencias de la revolución, que en el breve lapso de menos de tres meses habrían de causar un fracaso: la falta de apoyo popular, de líderes adecuados
y de apoyo de las demás provincias de la Presidencia.
En efecto, si bien el pueblo de Quito no se opuso al golpe del 10 de Agosto e incluso participó con alegría en los primeros actos públicos del nuevo gobierno, no sentía como propia la causa de los
insurgentes, ni estaba dispuesto a arriesgarse demasiado para ella.
De la misma manera, los dirigentes del movimiento de agosto, lejos de ser revolucionarios convencidos, eran conservadores por nacimiento, vocación y convicción. Con algunas excepciones, eran
sinceramente realistas y ambiguas. Se atrevieron a dar el golpe ante el peligro de que la prisión de los reyes legítimos culminara en una independencia de facto, por la disolución del imperio. En
esa posibilidad, consideraban necesario que Quito se adelantara a organizar su propio espacio, de acuerdo a sus propios intereses. Pero eso no significaba que estuvieran dispuestos a tomar
decisiones radicales, como el triunfo de la revolución hubiera exigido.
Por último, la revolución no contó con el apoyo de las demás provincias. Hubo algunos intentos de respaldarla en Cuenca y Guayaquil, que no tuvieron ningún resultado concreto y que no fueron más
que excepciones dentro del rechazo generalizado al movimiento quiteño por parte de las otras regiones de la Audiencia. Guayaquil, Cuenca y Popayán no podían sentir que la Revolución Quiteña las
representaba porque ni había sido consultadas por ella ni sus intereses habían sido tomados en cuenta por los patriotas de Quito. Por el contrario, era revolución promovía los intereses de las
clases dominantes de la Sierra central, que no siempre coincidían con los de las otras provincias.
No les fue muy difícil, pues, a las autoridades provinciales organizar cuerpos de tropas para someter a los insurrectos quiteños, que se sumaron a los que enviaron los virreinatos. Las fuerzas de
Quito fueron derrotadas tanto en el norte como en el sur, en pequeños combates que fueron suficientes para que los soldados desertaron o se pasaron al bando realista y el ejército patriota se
deshiciera.
Los líderes revolucionarios, dándose cuenta de la realidad, capitularon sin siquiera intentar en serio la defensa armada del movimiento. Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, renunció a la
Presidencia de la Junta el 12 de octubre en favor de Juan José Guerrero y Mateu, conde de Selva Florida, criollo realista que sirvió de intermediario con Ruiz de Castilla. Las negociaciones con
éste no fueron muy largas y el 24 del mismo mes se acordó mantener la Junta, pero subordinada a la de Castilla, quien no tomará represalias. El anciano funcionario asumió de nuevo el mando el 29 de
octubre y al principio cumplió lo pactado. Pero cuando llegaron a Quito las tropas enviadas por el virrey de Lima y comandas por el teniente coronel Manuel Arredondo, disolvió la Junta y
restableció el gobierno anterior. El primer acto del drama había concluido.
El dos de agosto de 1810
La represión comenzó pronto. El 4 de diciembre fueron apresados muchos de los que habían participado en la insurrección. El fiscal pidió la pena de muerte contra 46 personas y las de presidio o
destierro contra muchas más. No se trataba de imponer una justicia abstracta, sino de escarmentar a los criollos de todo el continente.
Con el paso de los días, la situación se fue volviendo más tensa. Las tropas de Arredondo se comportaban más como ejército de ocupación que como custodios del orden. Robos, groserías, atropellos de
todo tipo, contra todos los sectores sociales, en la ciudad y en los lugares circunvecinos, eran asunto diario. Así, la represión realista logró lo que no había conseguido la propia revolución:
unificar a la población contra el gobierno que tales abusos cometía. Los presos se convirtieron en símbolo de la ciudad oprimida y la gente se angustiaba con los rumores de que serían ejecutados o
se consolaba cuando se urdían planes para liberarlos.
Así llegó el 2 de Agosto de 1810. En la tarde de aquel día un grupo de quiteños atacó los cuarteles para liberar a los presos. Algunos, en efecto, lograron escapar, pero muchas más fueron
asesinados por los soldados en sus propias celdas. La tropa salió a la calle y la violencia se propagó por toda la ciudad. Las gentes se armaron de lo que pudieron y resistieron a sus enemigos.
Algunas casa fueron saqueadas por la soldadesca descontrolada y muchos cadáveres de ambos bandos quedaron tirados en calles, plazas y quebradas. No se sabe a ciencia cierta el número de los
muertos, pero se calcula que quizá fallecieron entre 100 y 300 personas, número enorme si se toma en cuenta el tamaño de la ciudad. Quito perdió de un golpe gran parte de sus líderes y toda
Hispanoamérica se conmovió ante la magnitud de la tragedia.
La violencia de aquel aciago día sobrepasó las intenciones de los participantes e impresionó vivamente a todos. Ruiz de Castilla se allanó a la petición del obispo y otros criollos de convocar una
reunión ampliada del Real Acuerdo (la Audiencia en pleno) con delegados de la Iglesia, el Cabildo civil y demás instituciones representativas. Tal asamblea se efectuó el 4 de agosto y resolvió: (1)
que se corte la causa sobre la revolución del 10 de Agosto de 1809 y se restituya a todos los implicados sobrevivientes al goce de su libertad, bienes, cargos, honores, etc.; (2) que igual actitud
se observe con cuantos participaron en los acontecimientos de las antevíspera; (3) que salgan de Quito las tropas limeñas y de las otras provincias y que se las reemplace con un batallón reclutado
localmente y, por último (4) que se reciba al "Comisionado Regio", don Carlos Montúfar y Larrea, hijos del Marqués de Selva Alegre, coronel del ejército español que peleaba contra los franceses en
la Península, quien había sido enviado por el Consejo de Regencia para pacificar la provincia quiteña, y cuya autoridad no quería reconocer el gobierno local.
El comisionado logró la creación de una Junta Superior de Gobierno que, aunque teóricamente subordinada al Consejo de Regencia y presidida por Ruiz de Castilla, era en realidad una
reencarnación de la Junta anterior, sólo que ya sin la ingenuidad política que había caracterizado a los revolucionarios de 1809.
La Junta formó un ejército que salió a combatir a los realistas. Carlos Montúfar se dirigió al sur, derrotó a Arredondo en Alausí y estuvo a punto de tomarse Cuenca. Su tío, Pedro Montúfar,
avanzó hacia el norte y llegó en triunfo hasta Popayán. Otro pequeño contingente, al mando del inglés William B. Stevenson, logró controlar Esmeraldas.
Mientras tanto, el movimiento se fue radicalizando hacia dos ideas que hoy nos parecen obvias, pero que en aquellos días despertaban desconfianza y temor: la independencia de España y la adopción
de un sistema republicano de gobierno. Como signos de esa radicalización podemos citar la adopción de una bandera roja con aspa (cruz en forma de "X") blanca, la creciente participación popular,
la renuncia de Ruiz de Castilla a la presidencia de la Junta (octubre 11, 1811), cargo que asumió el obispo Cuero y Caicedo y, sobre todo, la convocatoria de un congreso constituyente que declaró
la independencia de España (diciembre 11, 1811) y promulgó la primer constitución "ecuatoriana" los "Artículos del Pacto Solemne de Sociedad y Unión entre Provincias que forman el Estado de
Quito" (febrero 15, 1812).
La radicalización de los patriotas significó también su división en dos grupos antagónicos: los montufaristas o moderados, que aceptaban la independencia de España pero seguían siendo monárquicos
y fieles a Fernando VII, y los sanchistas (pues su líder era Jacinto Sánchez de Orellana, marqués de Villa Orellana) o radicales, que exigían la total independencia de España y de sus reyes y
propugnaban un sistema republicano de gobierno.
La oposición entre sanchistas y montufaristas impidió la continuación de los éxitos militares de los patriotas y señaló el comienzo del fin de su causa. Además, el avance de las fuerzas realistas
desde el sur, bajo el comando del mariscal del campo Toribio Montes, resultó incontenible, pese a los esfuerzos de los insurgentes. Hubo numerosos combates que favorecieron a uno u otro bando,
pero finalmente Montes entró a Quito (noviembre 8, 1812),
La ciudad estaba desierta. El obispo presidente, los nobles, el pueblo, lo que quedaba del ejército, habían huido hacia Imbabura. Allá los alcanzó el coronel Juan Sámano, subordinado de Montes,
quien finalmente deshizo lo que quedaba de las fuerzas patriotas, incluyendo su ejército del norte, que también había ido retrocediendo desde el sur de la actual Colombia hasta Ibarra. Unos pocos
de los líderes patriotas lograron escapar, pero la mayoría fueron apresados y varios de ellos murieron fusilados. Era el fin de la Revolución Quiteña.
El triunfo de la independencia, 1820-1822
El nueve de octubre de 1820
La etapa final de la independencia ecuatoriana se inició en Guayaquil el 9 de Octubre de 1820, cuando los patriotas del puerto destituyeron a las autoridades realistas y se pronunciaron por la
libertad.
Las circunstancias eran de las que enfrentó la Revolución Quiteña en 1809. Ahora la independencia tenía un carácter continental y parecía que todos los pueblos debían tomar partido frente a ella.
Por el norte, la Nueva Granada había sellado su libertad en la batalla de Boyacá (7 de agosto de 1819), mientras que por el sur Argentina y Chile eran libres, San Martín había desembarcado en
Paracas (8 de septiembre de 1820) y preparaba sus operaciones sobre Lima. La marina chilena había roto la supremacía naval española en el Pacífico. Además, las contribuciones que Guayaquil venía
haciendo para el sostenimiento de la causa realista se hacía cada vez más pesadas. Por último, un buen número de los puertos con los que Guayaquil podía comerciar eran ahora patriotas, al revés
de 1809.
El golpe, en sí mismo, fue tan exitoso como el de Quito de hacía once años. Las tropas y el pueblo respaldaron el movimiento y una vez asegurado el control del poder, se nombró una Junta de
Gobierno presidida por José Joaquín Olmedo. Guayaquil se declaró en libertad para reunirse a cualquiera de los futuros estados sudamericanos y de hecho se formaron tres partidos: los que
propugnaban la unión con el Perú, los que querían pertenecer a la Gran Colombia y los que aspiraban a la independencia total, sea de la antigua Audiencia de Quito o de la antigua Provincia de
Guayaquil.
Como se ve, ya no había ninguna duda respecto a la independencia de España, pero, en cambio, no existía todavía un proyecto consensual sobre la organización del nuevo estado.
En todo caso, los patriotas guayaquileños estaban convencidos de su primer objetivo debía ser la liberación de la Sierra, sin la cual su propia revolución no podía estar segura. Se enviaron
mensajeros tanto a San Martín como a Bolívar para solicitar ayuda, se reorganizó el ejército y se creó la División Protectora de Quito, que de inmenso se puso en camino hacia el interior.
La campaña libertadora de 1820-1822
Al principio pareció que la campaña libertadora iba a ser fácil y rápida. Los pueblos de la Costa se sumaron con entusiasmo a la revolución; Cuenca proclamó su independencia el 3 de Noviembre de
1820; el 11 del mismo mes se dieron parecidos movimientos en Machachi, Latacunga y Riobamba, el 12 en Ambato y el 13 en Alausí. Más todavía, la División Protectora venció a los realistas en
Camino Real el 9 de noviembre y ocupó Guaranda. Luego, ya en plena Sierra, llegó hasta Ambato.
Pero allí se detuvo el avance patriota. Los realistas acantonados en Quito enviaron para contenerlo una división de unos mil veteranos al mando del coronel Francisco González. Los republicanos
quizá llegaban unos 1.800 hombres, pero bisoños. El encuentro se produjo en los campos de Huachi, al sur de Ambato, y la victoria correspondió a las realistas. La División Protectora debió
retirarse hacia Babahoyo. González no la persiguió, sino que prefirió continuar por la Sierra hacia el sur, sometiendo a los insurrectos. El 20 de diciembre derrotó a las fuerzas de Cuenca y ocupó
la ciudad. Toda la Sierra volvió a estar controlada por los realistas, si bien la Costa se mantuvo independiente.
Mientras tanto habían llegado a Guayaquil los emisarios de San Martín y el general Antonio José de Sucre, del ejército colombiano. Entonces revivieron las viejas tensiones entre Perú y Colombia por
la posesión de esa rica provincia. A la larga fue prevalecido Sucre, no sólo por su habilidad diplomática, sino porque Bolívar les envió armas, municiones y unos 700 soldados. Así, Guayaquil quedó
bajo la protección de Colombia y Sucre asumió el comando unificado de todas las tropas.
Para entonces los realistas intentaron conquistar la Costa, pero fueron derrotados en Cone, cerca de Yuguachi, el 19 de agosto de 1821. A su vez, cuando las fuerzas patriotas intentaron ganar la
Sierra fueron también derrotadas a la segunda batalla de Huachi, el 12 de septiembre del mismo año. Evidentemente, se había llegado a un punto muerto.
Para romperlo, Sucre tomó dos decisiones difíciles. En primer lugar, renunció a una marcha directa sobre Quito y subió a la Sierra por el sur, para irla liberando poco a poco. En segundo lugar,
solicitó el auxilio del general José de San Marín, ya declarado Protector del Perú, auxilio peligroso dada la antigua rivalidad de los dos países sobre los territorios quiteños. San Martín envió
una división al mando del coronel boliviano Andrés de Santa Cruz.
Las fuerzas de Sucre y Santa Cruz se reunieron al sur de Cuenca a mediados de febrero de 1822. Los realistas no tenían posibilidad de resistir con éxito al ejército unido y abandonaron Cuenca,
retirándose hacia el norte. Sucre, quien había asumido al comando general del ejército libertador, logró también, tras largas negociaciones, que Cuenca y su provincia se declarasen parte de la Gran
Colombia.
De allí hasta Quito el avance patriota fue relativamente fácil, pues los realistas se retiraban constantemente, sin presentar batalla. Sólo de cuando en cuando se daban algunos combates, entre los
que sobresale la batalla de Tapi (21 de abril), que dio libertad a Riobamba.
En Quito, en cambio, se había fortificado todo el período realista, que no estaba dispuesto a rendirse, pero tampoco a salir a combatir al enemigo, que se localizó al sur de la capital. Por eso
Sucre decidió pasar con su ejército al norte de la ciudad, para atacarla por su flaco menos defendido y para interrumpir las comunicaciones con la realista Pasto, que todavía no había podido ser
conquistada por el ejército de Bolívar. Con eses objeto, la noche del 23 de mayor, el ejército patriota inició el ascenso del Pichincha, volcán que domina a la ciudad por el occidente. Pero las
faldas del monte son enormes y el amanecer el día 24 las tropas de Sucre se hallaban recién sobre la parte sur occidental de Quito, donde fueron atacadas por los realistas, trabándose el combate en
condiciones no previstas por ninguno de los comandantes. La victoria correspondió a los patriotas y Quito fue liberada. Pasto, en completo aislamiento, no podía resistir y se rindió en breve. Sólo
el Alto y Bajo Perú quedaban bajo el poder español, cada vez más débil. Parecía que la causa americana había triunfado para siempre.
Abdón Calderón
Entre el mito y la realidad
Carlos Landázuri
Entre los personajes que obtuvieron renombre en las gesta de la independencia, quizá ninguno ha cautivado tanto la imaginación popular de los ecuatorianos como Abdón Calderón. Ello se debe a que
fue un héroe nacional, a quien las tres ciudades más importantes pueden considerar suyo, pues nació en Cuenca, perteneció a una destacada familia guayaquileña y murió en Quito. Además, su figura
tiene el encanto de la juventud, ya que murió antes de cumplir los 18 años, aureolado por el inimitable desprendimiento y arrojo de los jóvenes y sin haber participado en actos de gobierno, en los
que es tan difícil obtener la aprobación general. Se destacó en numerosos combates, pero especialmente en la Batalla de Pichincha, que selló la Independencia del Ecuador. Por último, la importancia
de su familia y el reconocimiento de Sucre y de Bolívar impidieron que su heroísmo pasase desapercibido y que él se convirtiera en un héroe anónimo.
Varios detalles de la vida de Abdón Calderón permanecieron por muchos años en la penumbra, por falta de una investigación histórica meticulosa. Ello posibilitó que su figura se fuera
embellecimiento y adornando de muchos detalles románticos no necesariamente verídicos. Tal tendencia halló más influyente expresión el las Leyendas del Tiempo Heroico (1905) del afamado periodista
Manuel J. Calle, que por muchos años se convirtió en libro la lectura escolar. Cuando tal versión y sus variantes a veces deformadas pasaron a los manuales de historia patria sin beneficio de
inventario, se había creado un "héroe niño" con perfiles que rayan en el ridículo.
Abdón Calderón Garaycoa nació en Cuenca en julio de 1804, seguramente el día 30, en que se celebraba la fiesta de San Abdón, y fue bautizado el 31 del mismo mes. Fue hijo del matrimonio de
Francisco García Calderón, nacido en Cuba, quien era Contador de las Cajas Reales, es decir, funcionario del gobierno colonial en Cuenca, y de Manuela de Jesús de Garaycoa y Llaguno, guayaquileña,
quien pertenecía a una de las más destacadas familias del puerto.
Don Francisco Calderón apoyó el golpe patriota del 10 de Agosto de 1809, por lo que fue apresado y enviado a Guayaquil y luego a Quito. Libertado al establecerse la Junta Superior de Gobierno de
1810, se incorporó al ejército patriota con el grado de coronel. Como tal participó en oda la campaña de 1810 1812, militando en el bando de las sanchistas o radicales. Tras la derrota final del
ejército patriota, fue fusilado en Ibarra el primero de diciembre de 1812.
Como los bienes de coronel Calderón fueron confiscados por el gobierno realista, su viuda y sus hijos fueron a vivir en Guayaquil en 1813. Allí continuó Abdón sus estudios, contando entre sus
maestros a Vicente Rocafuerte, su pariente lejano, futuro presidente del Ecuador, quien en 1842 habría de contraer matrimonio con Baltasara Calderón, hermana menor de Abdón, nacida en Cuenca en
1806.
Abdón tenía apenas 16 años cuando estalló en Guayaquil la revolución del 9 de Octubre de 1820 y él se incorporó al ejército patriota con el grado de subteniente. Se destacó de inmediato por su
"valor heroico", según palabras del coronel patriota Luis Urdaneta, quien pidió para Abdón el grado de teniente después del triunfo de Camino Real (9 de noviembre de 1820). Con ese grado militar
tomó parte en los diversas acciones de la campaña libertadora de 1820-1822: la primera derrota de Huachi, la de Tanizagua, la victoria de Cone, la segunda derrota de Huachi, el avance de Guayaquil
a Cuenca y de Cuenca a Quito. Para cuando peleó en Pichincha, Abdón Calderón, pese a su juventud, era todo un veterano.
Pichincha fue el escenario del máximo sacrificio de Abdón Calderón, el lugar de su gloria. Sus hechos en aquel memorable 24 de mayo de 1822 han sido narrados innumerables veces con toda suerte de
adjetivos grandilocuentes, que sin embargo no logran superar la fuerza del propio general Antonio José de Sucre en su escueto parte de la Batalla de Pichincha, fechado el 28 de mayo del aquel año:
" hago una particular memoria de la conducta del teniente Calderón, que habiendo recibido sucesivamente cuatro heridas, no quiso retirarse del combate. Probablemente morirá, pero el Gobierno de la
República sabrá compensar a la familia los servicios de este oficial heroico".
En eso consistió el heroísmo de Abdón Calderón: en que se consagró a luchar por la libertad de su patria sin escatimar sacrificios. Y en su hora suprema, en Pichincha, a pesar de haber recibido
cuatro heridas que al final le ocasionarían la muerte, prefirió permanecer en la línea de fuego, alentando a los suyos para que dieran también su máximo esfuerzo y consiguieran la victoria. Al
terminar el combate fue trasladado a la ciudad, donde murió al cabo de cinco días, el 29 de mayo de 1822.
Cuando Bolívar llegó a Quito y se enteró de estos hechos, ascendió póstumamente a Calderón al grado de capitán y decretó que su sueldo fuera entregado a su madre. La compañía del batallón Yaguachi
a la que perteneció Calderón no tendría capitán y en las revistas, al mencionarse su nombre, la tropa habría de contestar: "Murió gloriosamente en Pichincha, pero vive en nuestros corazones