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LA CONQUISTA ESPAÑOLA

Conquista Española e Inicios del a Epoca Colonial Siglo XVI

Introducción
El siglo XVI fue escenario de dos importantes fenómenos históricos: la conquista española y el complejo proceso de instalación del sistema colonial. Ninguno de los dos se dio de manera abrupta e inmediata. Ninguno significó una victoria absoluta de los conquistadores españoles sobre las sociedades que habitaban los territorios del "Nuevo Mundo". De hecho, los aborígenes resistieron la conquista y la colonización a veces por medio de enfrentamientos directos, pero fundamentalmente por medio de estrategias políticas y culturales que se proyectaron más tarde en la larga temporalidad colonial.

De otro lado, la misma monarquía española y los conquistadores se enfrentaron entre sí por el control y el usufructo del proceso de colonización y por las características que debía tener. Estas diferencias se ventilaron a lo largo del siglo XVI a través de debates, guerras y movimientos subversivos. Sólo en las últimas décadas de esa centuria, se logra la consolidación de un orden colonial y de las instituciones que van a regir gran parte de la vida colonial y de las instituciones que van a regir gran parte de la vida colonial en los siglos siguientes.

La exploración del Atlántico durante el siglo XV
América, el gran continente rodeado por los dos océanos más grandes del planeta, se mantuvo hasta 1492 ­quinientos y más años atrás­ como una tierra desconocida para el resto del mundo. Su historia, protagonizada por los casi 50 o 60 millones de habitantes que tenía poco antes de aquel año, transcurría en la soledad a la que le confinaba la distancia y el aislamiento respecto de los otros continentes.

Por el contrario, Europa, Asia y Africa mantuvieron durante milenios vínculos geográficos e históricos muy estrechos, que fueron incrementándose durante el siglo XV gracias al intercambio comercial de larga distancia, que se estableció principalmente a través del mar Mediterráneo, a cuyo alrededor confluían diversas culturas y civilizaciones del oriente y del occidente del "Viejo Mundo".

Para los europeos de es siglo, la más importantes y cotizadas de las rutas comerciales intercontinentales era la que les permitía llegar a la India y al lejano oriente asiático en procura de las famosas "especias", es que empleaban en la conservación de las carnes que iban a servir de alimento durante los crudos inviernos. En esos lejanos lugares de Oriente los comerciantes también obtenían seda y algodón fino, ambos textiles muy codiciados por las clases pudientes europeas.

La necesidad y el lujo, por consiguientes, influyeron para que eses comercio de productos exóticos, cuyo monopolio en el Mediterráneo lo ejercían los mercaderes genoveses y que sufría la amenaza de los turcos en Constantinopla -­punto principal de la ruta por tierra­, creciera en volumen e importancia hasta el punto de incentivar en otros países similares empresas, los que principalmente se lanzaron a la búsqueda de oro, indispensable para participar en el tráfico comercial.

Por su privilegiada situación marítima, Portugal fue el país que a partir de 1418, luego de arrebatar Ceuta a los musulmanes, encabezó la iniciativa de buscar una ruta alternativa hacia la India, esta vez bordeando las costas atlánticas del continente africano en dirección al océano Indico, con lo cual se obviaba el obligado paso por el Mediterráneo. Pero en forma paralela a la expansión atlántica, Portugal fue creando sus primeras colonias insulares (islas Madeira, Azores), en las que estableció plantaciones de caña de azúcar con el trabajo de negros africanos que esclavizaba a medida que avanzaban las exploraciones.

En poco tiempo, los esclavos, el oro y los productos exóticos estimularon como nunca ante el intercambio comercial y llegaron a ser objeto de la codicia de varios países europeos, ansiosos por incrementar sus fuentes de riqueza, tales como España, Holanda, Francia e Inglaterra que se lanzaron al comercio ultramarino y terminaron por convertirse en las primeras potencias colonizadoras modernas, con España y Portugal a la cabeza. Ello iba a estimular la formación de un mercado más integrado y competitivo, de alcances mundiales, que marcaría el tránsito del feudalismo a la época capitalista.

¿Cómo se involucró España en la aventura expansionista de ultramar? A la par que los portugueses, también sus vecinos los marinos andaluces habían incursionado con fuerza en el Atlántico durante el siglo XV. Contando con la ventaja de tener establecida una colonia castellana en las islas Canarias desde 1402, a la que usaron como base de las expediciones, los andaluces terminaron combinando la pesca de altura con la explotación de lucrativo comercio de esclavos, oro y especias que ofrecía el noroeste africano.

Tanto para los españoles como para los portugueses, la expectativa de encontrar nuevas tierras hacia el Oeste se afirmó en la medida que aumentaba el conocimiento del océano y de sus probables rutas.
Este fenómeno, unido a la certeza ya bastante difundida entre los comerciantes y marinos de fines del siglo XV de la esfericidad de la tierra, creó las condiciones para hacer posible el primer viaje trasatlántico.

De manera que hoy nos parecería inverosímil, la competencia entre España y Portugal por el control ultramarino se resolvió en 1494 a través de un tratado ­llamado de Tordesillas­ por el cual, con el arbitrio del Papa Alejandro VI, el mundo que se estaba descubriendo fue repartido entre ambos países.

El "Descubrimiento de América"
Se podría pensar que le empresa americana fue una prolongación natural de aquellas primeras experiencias de navegación atlántica. Tarde o temprano los vientos alisios terminarían empujando las embarcaciones en dirección al desconocido continente. Sin embargo, la hazaña de la travesía por el Atlántico no fue tan simple. Tuvieron que confluir una serie de factores de diverso tipo para hacerla posible.

De un lado, el ansia de exploración de nuevas fuentes de riqueza trajo aparejado el adelanto tecnológico. Tuvo que aparecer la carabela, buque creado para surcar el océano, que resumió en sí toda la experiencia náutica acumulada hasta entonces por el "Viejo Mundo". Además, fue indispensable el desarrollo de medios de orientación en el mar.

Para fines del siglo XV, el antiguo temo que suscitaba el misterioso y desconocido océano, llamado Mar Tenebroso durante la Edad Media, había sido en parte superado por conocimientos más científicos. Entre otras cosas, los navegantes disponían de rudimentarias cartas marítimas que se iban completando en las exploraciones y podían calcular la latitud de un lugar por observaciones de la esfera celeste realizadas a través del astrolabio y el cuadrante.

No obstante, estos métodos eran insuficientes para la navegación en alta mar, que también requería experiencia, intuición y una firme convicción en el rumbo elegido. Y fueron estas cualidades precisamente las que confluyeron en el genovés Cristóbal Colón, mezcla de diestro marino y avezado mercader, que se aventuró al encuentro de una ruta hacia la India por el Oeste (Bustos: 1983: 35-44).

Pese a ser el país más desarrollado en materia de navegación atlántica, Portugal no apoyó el proyecto de Colón, por hallarse empeñado en la circunnavegación del Africa. España, en cambio, sí respaldó la empresa a través de los Reyes católicos Isabel y Fernando, alentados por la exitosa culminación de sus guerras de reconquista que concluyeron con la expulsión de moros y judíos de sus territorios. La toma cristiana del último reducto moro en Granada se dio justamente en 1492, meses antes de que Colón efectuara su primer arribo a islas americanas.
El asalto a Las Antillas y la crítica de la conquista
Los viajes de Colón a Las Antillas y a la costa continental americana encendieron rápidamente en los europeos la ambición por las riquezas que podían ofrecer las nuevas tierras descubiertas, tierras que se consideraron parte del Asia ­por lo que se las llamó las "Indias occidentales"­ hasta las primeras décadas del siglo XVI, época en la que Américo Vespucio comenzó a difundir la idea de que se trataba de continentes distintos.

Pero aunque es cierto que las empresas descubridoras de esos años se mantuvieron en el empeño de encontrar la ruta del a Especiería, la gente que en ellas participó las aprovechó para saciar su sed de oro y para justificar, con los envíos de ese codiciado metal a la Corona Española, la prosecución de las exploraciones.

El rescate del oro en las Antillas se hizo con el trabajo de los nativos expresamente esclavizados para ese propósito o previamente repartidos entre los colonos a través de la encomienda, que aparece allí por primera vez como la institución básica que regularía la relación entre los dominadores y la población nativa.

De hecho, por medio de ella los conquistadores adquirieron el derecho de poseer un número determinado de indios para su servicio, a cambio de la obligación de favorecer el adoctrinamiento de su encomienda. Las matanzas directas para someter a las poblaciones, características de la primera fase de la conquista, el cruel e intenso ritmo de trabajo y las enfermedades transmitidas por los colonos provocan que en menos de veinte años la población nativa se extinguiera casi en su totalidad.

Sólo en la isla Española (actuales República Dominicana y Haití) los aproximadamente 500.000 habitantes que existían en 1492 se redujeron a 32.000 para 1514, es decir, 16 años después. La intensidad de la explotación también se puede advertir en el volumen de oro antillano que llegó a Sevilla hasta 1520: 14.118 kilos de oro, sin incluir el de contrabando.

Tan impactantes fueron las atrocidades cometidas en la conquista de Las Antillas, que las primeras denuncias provinieron del mismo sector español y terminaron favoreciendo un debate sin precedentes, no igualado por potencia colonial alguna en la historia, en que se sometió a discusión la legitimidad misma de la presencia europea en el nuevo mundo.

Asumieron la defensa de los indígenas los religiosos españoles de la Orden de Santo Domingo, con Bartolomé de la Casas de la cabeza. Su lucha llevó a que la Corona revisara los fundamentos mismos de la colonización, cuyo problema central era en ese momento la encomienda. Se procedió entonces a introducir una modificación sustancial, que iba a causar revuelo entre los encomenderos: la encomienda no sería perpetua y sólo duraría el lapso de dos vidas.

El gobierno de las "Indias"
España se atribuyó el gobierno de las Indicas no sólo por supuestos derechos derivados a la conquista, sino porque los papas favorecieron a los Reyes Católicos con concesiones en el gobierno de la Iglesia. A través de lo que se denominó el "Patronato"; por ejemplo, los monarcas se atribuyeron el derecho de intervenir a el "gobierno espiritual", presentando sus candidatos a los cargos eclesiásticos, entre ellos los de obispos.

Otro de los beneficios era el de los diezmos eclesiásticos, impuestos que la Corona se otorgó para sí a cambio de construir y sostener iglesias en América. Los reyes se preocuparon también de reglamentar desde el principio los beneficios que iban a obteniendo de la conquista y el control de las tierras y hombres descubiertos.

Fue por eso que a Colón se le recortaron los privilegios obtenidos a través de las Capitulaciones de Santa Fe, por las que se le habían concedido títulos militares, nobiliarios y repartimientos de indios. En adelante, se procedería de igual forma con todos los conquistadores, cuyas posibilidades de acción ­a partir de principios del siglo XVI­ terminaron siendo notablemente disminuidas con el envío de funcionarios directos del rey: los gobernadores.

Su objetivo fue sustituir el poder militar emanado de la Conquista por el poder civil dependiente de la Corona. Pese a que algunos conquistadores recibieron como recompensa el título de gobernador, la Corona puso límites de sus facultades, pues quería evitar que las distintas posesiones americanas surgieron autoridades patrimoniales locales y poderosas señores feudales (Kanetske: 1997: 117).
Para regular las relaciones de la metrópoli con Ultramar, la Corona había establecido ya en 1503 la Casa de Contratación, destinada a controlar el tráfico comercial entre España y América. Y como primero y máximo órgano del gobierno civil se creó el Consejo de Indias, derivado del Consejo de Castilla, que empezó a funcionar alrededor de 1517, sirviendo además de tribunal de última instancia para las cortes de justicia americanas.

Pero la creación de estas instituciones no iba a significar que las Indicas recibieran el mismo tratamiento que los reinos de España. En realidad esa red de instituciones estaba al servicio de un sistema colonial en proceso de configuración.

La colonización emprendida por España se sustentó en la creación de estructuras políticas, económicas e ideológicas de dominación destinadas a someter un extenso territorio que estaba fuera del suyo, y cuya apropiación iba a permitir en adelante explotar la fuerza de trabajo nativa ya organizada y sus variados y ricos recursos naturales.


El intercambio colombino y la transformación de la base productiva

[] los españoles trajeron a las nuevas tierras muchos organismos[] que tuvieron marcados efectos en las estructuras sociales. La presencia de los caballos revolucionó el arte de al guerra, y el empleo de mulas y burros aumentó las posibilidades del transporte a larga distancia. Los caballos y mulas proliferaban en la sierra. En poco tiempo los abundantes pastizales se convirtieron en criaderos de bestias para la economía minera panandina. El aumento de recuas y su conducción entre el "desembarcadero" de Guayaquil y la sierra, comenzaba a ocupar ­casi esclavizar­ a los naturales que habitaban en pueblos a lo largo del antiguo camino aborigen.

Mayores consecuencias aún produjo la introducción de ganado ovejuno. Bajo el imperio incaico, se había inculcado la producción de lana de camélidos (llama y alpaca). [] Con la destrucción del régimen inca y con las depredaciones de españoles que hurtaron miles de animales para finalidades de alimentación y transporte, los rebaños imperiales rápidamente desaparecieron. [] En poco tiempo se notó el fenomenal éxito de las ovejas españolas en ambientes nor-andinos []

[] El ganado vacuno también se multiplicó a un paso acelerado, ocupando terrenos cultivables que el reducido grupo de cultivadores indígenas ya no podían sembrar ni defender militarmente. La tecnología agrícola a base del arado de buey, posibilitó el uso intensivo de tierras que antes se cultivaban solamente mediante el método de quema y barbecho.

El efecto del "ganado menor" no fue tan negativo. En pocos años la población andina asimiló completamente los animales domésticos menores, importados de Europa. Las gallinas tuvieron éxito casi instantáneo en el mundo indígena, y los cerdos [] pudieron no solamente florecer bajo climas de variada altura, sino acompañar a sus dueños en sus expediciones. Las semillas europeas aumentaron apreciablemente el potencial productivo de los Andes []. El trigo y la cebada, sin llegar a ser comidas importantes en la cocina aborigen, se difundieron ampliamente porque los encomenderos exigieron su producción a modo de tributo. Es probable que, en cierto grado, la cebada desplazara los tubérculos andinos (papa, oca, mashua, etc.) y a las chenopodáceas (quinua, cañihua). Las cosechas tropicales del Nuevo Mundo también se radicaron desde comienzos de la época colonial. En los territorios del actual Ecuador, el cultivo de la caña de azúcar comenzó durante principios de la colonia, y el banano ­planta de probable origen africano­ aumentó el potencial productor de regiones con suelo muy húmedo.
Los conquistadores invaden el continente
Agotados los recursos de Las Antillas y prácticamente exterminada su población, los conquistadores se dirigieron en busca de nuevas riquezas hacia el continente. En 1518 Hernán Cortés invadió México, y ya para la década de 1520 el eje de las campañas conquistadoras había pasado de Las Antillas a Panamá, que se convirtió en base de las conquistas emprendidas hacia las tierras del Sur.

En el continente los conquistadores se encontraron con culturas mucho más complejas, a diferencia de los que ocurría en las islas, donde la población nativa se organizaba en pequeñas agrupaciones gobernadas por caciques, y dependían de la caza, la recolección y de una agricultura elemental para la autosubsistencia.

En las mesetas centrales de México, tal como ocurría también en las mesetas y valles andinos de los actuales Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, existían, en cambio, densos y muy heterogéneos conglomerados poblacionales, regidos por sistemas políticos estatales y basados en economías agrícolas altamente desarrolladas que dependían del intercambio y de sofisticados sistemas hidráulicos.

Se trataba de sociedades muy jerarquizadas, en las que el Estado había realizado una cuidadosa distribución de funciones económicas y sociales entre los grupos, lo cual fue mantenido inicialmente por los españoles en provecho propio.

Para la conquista de estas grandes civilizaciones continentales a los europeos no les fue suficiente embestir casi por asalto, como ocurrió en las islas; usaron, sobre todo, la guerra y la estrategia política. Los españoles aprovecharon el rechazo que los grupos nativos mantenían a las hegemonías azteca e inca, y les brindaron su apoyo bélico, con lo cual la conquista se convirtió en una guerra en múltiples direcciones.

Buena parte del éxito obtenido por Hernán Cortés en la conquista de México, por ejemplo, se debió al apoyo que recibió de los tlaxcaltecas, grupo indígena que, como otros, vio en el sector español el aliado ideal para luchar contra el emperador azteca Moctezuma.

La conquista del Tawantinsuyu
Las exploraciones hacia la pare meridional del continente fueron protagonizadas por veteranos de la conquista americana, que había llegado entre los primeros grupos europeos que arribaron al Caribe. Ese fue el caso de Francisco Pizarro y de Diego de Almagro, quienes en sociedad con Hernando de Luque, emprendieron una larga travesía hacia del descubrimiento de las inmensas y desconocidas tierras del "Perú", denominación que derivaba de "birú", nombre nativo de un río en la costa pacífica (al norte de la actual Colombia), que en la década de 1520 constituía una especie de frontera natural entre la avanzada conquistadora establecida en Panamá y lo que quedaba por explorar hacia el sur.
Los viajes hacia el sur arrancaron en 1524, inmediatamente después de las primeras noticias que se tuvieron sobre la existencia del rico y populoso imperio del Perú.

Bordeando la costa pacífica con bergantines repletos de aventureros, los expedicionarios recorrieron en aproximadamente seis años su suficientes millas como para llegar hasta los 8 grados de latitud sur, estos es, más allá del río Santa en la costa peruana.

Durante el trayecto desembarcaron varias veces, con estadías en Tacámez, Jama, Portoviejo, Isla Puná y Túmbez y entre escaramuzas, asaltos y también encuentros pacíficos con los nativos, tuvieron la oportunidad de confirmar mediante el testimonio de los mismos habitantes de esos lugares la existencia del gran imperio que buscaban. En esos largos años, también lograron capturar oro, plata y nativos que luego les sirvieron de intérpretes.

Pero los seis años de exploraciones europeas en la costa pacífica de los actuales Colombia, Ecuador y Perú también habrían permitido a las sociedades de los Andes enterarse en la presencia de los europeos ­y elucubrar sobre sus intenciones­ con suficiente anticipación a las acciones de conquista que se avecinaban.

Hay que tomar en cuenta que las sociedades aborígenes de América del Sur estaban vinculadas entre sí por importantes vías de intercambio, que permitirían el flujo de personas, productos e información. No se entiende de otra manera que noticias particularmente precisas sobre un imperio situado mucho más allá de la línea equinoccial, circularan en regiones tan septentrionales atrayendo la atención de los aventureros instalados en Panamá.

No obstante, este alto grado de integración sirvió, irónicamente, a los propósitos de un destino trágico. Por las mismas redes circularon las mortales enfermedades europeas, que tras los primeros contactos comenzaron a difundirse entre la población nativa, diezmándola en proporciones gigantescas, mucho antes de que los conquistadores penetraran en el territorio (Bustos: 1983: 58; Salomon: 1983: 100).

La intensidad y amplitud del contagio allanó el camino hacia la conquista no sólo asolando a la población sino que, en parte por acción de azar, afectando a la misma cúpula del poder inca, entonces encarnada en Hayna-Capac, quien murió entre 1525 y 1527 en Quito, probablemente de viruela o de sarampión, ignorando que su mal procedía de los futuros verdugos de su imperio.

Hayna-Capac fue el autor de la expansión del Tahuantinsuyu hacia la región de Quito, situada al norte del imperio o Chinchaysuyu. Su muerte temprana llevó al Tahuantinsuyu a una profunda crisis política, provocada por problemas de sucesión que terminaron enfrentando encarnizadamente a Huáscar y Atahualpa, hijos del Inca fallecido.

Atahualpa, manteniendo la preferencia de su padre por la región de Quito, había consolidado su presencia allí mediante alianzas con los señoríos locales, cuestión que desafiaba y ponía en peligro la centralidad del Imperio concentrada en el Cuzco (Valarezo: 1990: 228-231)
En realidad, esto implicaba un cambio sustancial en el esquema político de organización del Tahuantinsuyu y constituía un poderoso motivo para que las élites políticas incaicas se vincularon al enfrentamiento entre Huáscar y Atahualpa. La guerra fraticida que protagonizaron culminó con la derrota de los ejércitos de Huáscar y el triunfo de Atahualpa.

El nuevo Inca sin embargo, no poseía una situación sólida al inaugurar su mandato. Estaba rodeado de poderosos adversarios, que provenían no solo de los grupos partidarios de Huáscar, sino también de los numerosos pueblos que siempre se habían resistido a la dominación inca, y que veían en la situación de inestabilidad político del imperio la oportunidad para enfrentarla. Fue en esos precios momentos que ingresaron al escenario los conquistadores españoles

De la crisis política que desgarraba al imperio inca se enteró Pizarro durante su estadía de casi un año en el litoral pacífico del actual Ecuador, de la cual obtuvo un importante botín de oro y plata, logrado mediante sangrientos asaltos perpetrados a poblaciones como la de la isla Puná, que quedó prácticamente arrasada a su paso.

Luego Pizarro arribó a Túmbez, puerta de entrada del Imperio. Conocedor entonces de la presencia de Atahualpa en Cajamarca ­en donde el Inca se había enterado por esos mismos días de la derrota de Huáscar y de su propia entronización­ Pizarro decidió marchar a su encuentro (Pólit Montesdeoca: 1983: 80-81),

Como veterano de guerra, y sobre todo por las lecciones que había arrojado la conquista de México, Pizarro sabía que eliminar la cabeza del gobierno y aprovechar la resistencia local frente al imperio serían estrategias claves para someter al Tahuantinsuyu. Empleando tácticas ajenas a la tradición guerrera local, Pizarro logró camuflar un plan de emboscada con encuentros "pacíficos" previos, que iba propiciando entre los emisarios de ambas partes, a medida que el grupo se aproximaba a su destino (Rostworowski: 1988: 174)

Subestimado tal vez los alcances de las intenciones de Pizarro, o probablemente con la idea de impresionar a los intrusos, y medir fuerzas mediante la exhibición de los símbolos de su poder, Atahualpa se expuso en la plaza de Cajamarca ante los españoles, con todo el boato posible y con sus guerreros desarmados. Los casi 200 hombres de Pizarro emboscaron y, prácticamente, exterminaron a los soldados imperiales.

Inmediatamente, aprovechando la desprotección del Inca, lo conminaron a aceptar la conversión a la fe cristiana, a través de un insólito ritual llamado el "Requerimiento" que, en caso de ser rechazado ­como lo hizo Atahualpa­, les permitiría legitimar cualquier acto de crueldad, siempre justificable en la mentalidad católica de la época cuando se trataba de "infieles". Atahualpa fue tomado prisionero y, luego de unos meses, degollado. Esto ocurrió entre junio y julio de 1533.

Sin embargo, la cúpula del poder inca no desapareció completamente con la muerte de Atahualpa. Manco Inca, emperador títere que los españoles proclamaron como sucesor del soberano asesinato, rompió la alianza con los europeos en 1536 y creó un importante foco de resistencia inca en Vilcambamba, una región montañosa al noroeste del Cuzco (Stern: 1986:62). Ese reducto se mantuvo hasta 1572, cuando el virrey Toledo ejecutó a Tupac Amaru I, último Inca de la resistencia.
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