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Introducción
No es fácil hacerse una idea de cómo era el Estado del Ecuador, cuando se fundó en 1830. Su territorio estaba poco definido y la institucionalidad era débil. Pero una cosa era clara, se había
producido un aumento poblacional, que continuó y aún se intensificó a o largo del siglo XIX. Habían entonces alrededor de seiscientos mil habitantes. Su distribución regional estaba cambiando.
Desde fines del siglo XVIII se había producido una elevación en la población costeña respecto del total del país.
La distribución étnica de la población variaba regionalmente En la sierra, la gran mayoría de la población era indígena; con una minoría "blanca", mestiza y mulata y una pequeña cantidad de
negros, que vivían en los valles Bajos interandinos. En la costa, en cambio, los mestizos y mulatos era más o menos la mitad de la población, seguidos por los indígenas y los "blancos". Los
negros, en igual o parecido número que en la Sierra, eran proporcionalmente más. En el Oriente, salvo una cantidad mínima de colonos, la población era indígena, aunque reducida.
Las divisiones étnicas correspondían al complejo hecho social y cultural que fue la colonización. La gran mayoría de la población era indígena. Los "blancos" eran los criollos herederos del poder
español que, aunque racialmente descendían también en buena proporción de antecesores indios, defendían celosamente sus privilegios asentados, entre otras cosas, en la idea de la superioridad
europea y la "limpieza de sangre. Los «mestizos» y mulatos si bien se habían originado en una mezcla racial, se consideraban tales más bien por su posición económica. Eran pequeños productores y
artesanos, fundamentalmente. Los negros, aunque no muy numerosos en el país, representaban una parte importante de la población, especialmente de la costa norte.
La Economía
Durante la Colonia se habían definido tres regiones o espacios económicos diferenciados: la sierra centro norte con su eje Quito; la sierra sur con su eje Cuenca, y la costa con su eje Guayaquil.
Los territorios del litoral norte (actuales provincias de Esmeraldas y Manabí) estaban poco poblados y eran la periferia de Guayaquil. Los comarcas amazónicas tenían una relación virtualmente
nula con la sierra. A partir de las regiones naturales se habían definido unidades regionales con caracteres económicos y sociales específicos.
La sierra centro norte
Cubría desde la actual provincia del Carchi hasta la de Chimborazo. Era la región donde más definidamente se había consolidado la hacienda como eje de la economía. El mecanismo más común de
expansión del latifundio fue el desalojo de las comunidades indígenas, o la compra de sus tierras por presión o fraude. Las enormes extensiones cultivadas en un bajísimo porcentaje fue la
característica más visible del agro serrano. La hacienda era un complejo de tierras destinadas a la agricultura y al pastoreo, dentro de cuyos límites se asentaba la población trabajadora. La
relación productiva prevaleciente era el concertaje. El campesino "se concertaba" (comprometía), en teoría voluntariamente, a trabajar en la hacienda a cambio de un salario, que en la practica no
llegaba a pagarse, porque el "concertaje" se veía permanentemente obligado a solicitarlo por adelantado.
El concertaje estaba organizado por la represión y el control ideológico. Por una parte, el hacendado podía mandar a prisión al concierto que no trababa para descontar la deuda. Por otra, la
Iglesia, también terrateniente, ofrecía la justificación del sistema con el adoctrinamiento y mantenía mecanismos de profundización del endeudamiento: "fiestas", "priostazgos", "derechos" de
bautizo, entierro, etc., que demandaban dinero en efectivo, obtenido mediante nuevos préstamos al patrón de la hacienda.
El panorama económico de la sierra era complejo. La esclavitud continuó a lo largo del Siglo XIX, encontró resistencia en la propiedad comunal indígena. Aunque subordinada a la gran hacienda, la
pequeña y mediana propiedad se mantuvieron.
En la sierra existía n artesanado, productor de manufacturas destinadas a los mercados domésticos y los países vecinos. Trabajos en cuero y textiles fueron un rubro significativo, aunque conforme
avanzaba el siglo XIX, se fue acentuando una crisis de la producción artesanal. Los obrajes serranos que sobrevivieron a la crisis XVIII, se insertaron en la hacienda y continuaron funcionando,
aunque cada vez con mayor competencia de los textiles extranjeros. Los terratenientes más emprendedores sustituyeron los obrajes por instalaciones modernas, que también funcionaron integrados al
latifundio, compitiendo con los productos de importación. La región norcentral de la sierra estaba estrechamente conectada con Pasto y Popayán, por un intercambio que se mantuvo largo tiempo.
La sierra sur
Esta región (Cañar, Azuay y Loja) tenía las características económicas generales de la sierra, pero allí la concentración de tierras y el concertaje tenían menores proporciones. Junto a una mayor
fragmentación de la propiedad rural, se encontraba mayor diversidad en las relaciones productivas y actividades económicas. Allí, además de los conciertos, existían "arrimados" y "aparceros".
Junto a las actividades agropecuarias, se hallaban también la artesanía, la recolección de quina y la minería. Frente a la una virtual inexistencia de comercio con el norte, el intercambio con el
sur era sumamente activo. Así, productos cuencanos se hallaban en Lima.
La costa
En la región costeña, cuyo eje era Guayaquil, la exportación del cacao experimentó un notable incremento. De este modo fue creciendo un grupo de latifundistas y comerciantes. Desde fines del
siglo XVIII, en especial durante la Independencia, se expandió la frontera agrícola. "El latifundio dice Hamerly comenzó a convertirse en la forma dominante de posesión de las tierras en las
planicies del Guayas y el Litoral sur".
El crecimiento del latifundio en esta región se dio con preponderancia de la "sembraduría", pero la pequeña propiedad seguía siendo importante. Tierras pertenecientes a campesinos no indígenas,
mestizos, mulatos y negros libres abastecían una parte del mercado interno. Además del comercio con Europa, Guayaquil tenía intercambio con Panamá, Perú y Chile.
Como las comarcas serranas producían poco y en ellas se cultivaba más o menos lo mismo, el intercambio era reducido. Los productos agrícolas que se vendían eran maíz, cebada, otros granos, papas,
legumbres y trigo. En algunos valles bajos de la Sierra se hallaban productos tropicales o semitropicales en cantidades reducidas. Se comerciaba también ganado mayor y lanar, cueros, panela y
aguardiente de caña. Al final de la época colonial regía en la Sierra un sistema de ferias locales. Después de la década de 1830, se dio una elevación de los precios agropecuarios. Ciertas ferias
locales cobraron importancia.
Pese a las dificultades de comunicación había intercambio entre Sierra y Costa. Los principales ejes de comercio eran Quito Riobamba Guayaquil y Cuenca Guayaquil. Desde el puerto principal
se llevaban al altiplano, además de artículos importados, sal, tabaco, frutas tropicales, ganado y cera. A su vez, de la sierra se enviaban a la costa legumbres y cereales, textiles y cueros para
el mercado interno y exportación. El estado desastroso de los caminos, agravado por el clima, las revueltas y los bandidos, dificultaba el comercio interno. De allí que la Costa fue
abasteciéndose de ciertos alimentos con la importación. Esto se dio en la medida en que se elevaron las exportaciones.
La costa se volcó a la producción para el mercado externo. Especialmente la exportación del cacao experimentó ya desde fines de la época colonial un gran incrementó. Los principales mercados eran
México, América Central y España. Además, se exportaba café y tabaco, "cascarilla" (corteza de quina) recogida en la sierra sur; cueros y textiles de la sierra norte. Estos últimos, sin embargo,
salían en mayor cantidad por las fronteras terrestres. Hacia la mitad del siglo XIX, se fue incrementando el comercio exterior y se fueron también diversificando los mercados y los proveedores de
manufacturas. Luego de la Independencia, varios países europeos, principalmente Inglaterra, intensificaron sus relaciones comerciales, aunque en menos volumen de lo que se afirmado. La pequeñez
del Ecuador y su enorme distancia respeto de los centros europeos del desarrollo capitalista, retardaron su inserción en el mercado mundial.
Red urbana y actividades económicas
A inicios de la república, existía ya una red urbana en la Sierra. Aunque con localización y jerarquía desiguales, habían doce ciudades con un total de setenta a ochenta mil habitantes. Además de
la capital, Quito, en cada valle interandino se asentaba una ciudad (Cuenca, Riobamba, Ibarra, Loja, Ambato, Latacunga, Guaranda). Eran centros de funcionamiento administrativo, religioso y
comercial. Eran habitadas por los propietarios agrícolas, comerciantes y oficiales del Gobierno, por mestizos dedicados al pequeño comercio, la artesanía y la agricultura, y los indígenas que se
dedicaban al servicio doméstico y público.
Los mercados de las ciudades serranas estaban surtidos de productos agrícolas, que se conseguían por precios bajos. Las tiendas eran activas. Los artesanos estaban vinculados por "clientela" a
los terratenientes y los conventos, y vendían sus productos en el taller o por intermediarios. Los artesanos eran un grupo de gran importancia económica y peso social en las ciudades. Estaban
organizadas en gremios, controlados por los cabildos y por la Iglesia. El "taller" , organizado dentro de la tradición artesana, estaba dirigido por un maestro que tenía bajo su autoridad a
"oficiales" y "aprendices". Igual que en la agricultura, había un nivel muy bajo de desarrollo de la producción, que utilizaba gran cantidad de mano de obra con instrumentos muy elementales. Sin
embargo, la habilidad de los artesanos era reconocida.
A inicios de la República, Quito era la ciudad más grande del país, con 24.939 habitantes, seguida por Cuenca que tenía 18.919. La capital había crecido sin organización urbanística. Casi los
únicos edificios de significación arquitectónica eran los conventos y las iglesias, que le daban un aire característico y albergaban un poderoso grupo de clérigos y monjas. Las casas populares
eran de una planta y servían también de taller artesanal. Las residencias de los aristócratas, grandes y de dos pisos, iban de acuerdo con la forma de vida de sus ocupantes, que pasaban buena
parte del año en sus propiedades rurales.
Hacia 1830 Guayaquil era todavía una ciudad pequeña, pero en crecimiento. Su clima era muy fuerte y las condiciones higiénicas y de salubridad bastante precarias. Las construcciones eran
básicamente de madera, lo cual agudizaba el peligro de incendio. La ciudad fue en poco tiempo la segunda del país. No terminaría el siglo XIX sin que pasara a ser la primera, con más de sesenta
mil habitantes. Su situación privilegiada como puerto se complementaba con su ubicación muy favorable en el centro del sistema fluvial de la Costa Sur. Conectadas con Guayaquil crecieron Daule,
Babahoyo, Machala, Milagro. En la costa norte, crecieron también, aunque en proporciones más modestas, Manta, Bahía y Esmeraldas, Portoviejo sufrió por largo tiempo una recesión.
La Sociedad
La Independencia y el establecimiento de la República del Ecuador trajeron transformaciones, pero mantuvieron rasgos del orden colonial, entre ellos la persistencia de la sociedad estamentaria.
En la Presidencia de Quito se había mantenido celosamente la división entre "blancos" o "españoles", "mestizos" e "indianos". Los primeros participantes en la dirección política y administrativa,
de los monopolios comerciales, la milicia, el alto clero, el acceso a la educación y hasta el derecho exclusivo de adquirir ciertas propiedades. Los mestizos, o quienes no pudieran "probar
limpieza de sangre", ocupaban un lugar inferior en la escala social, les estaba vedado el ingreso a ciertas funciones sociales y políticas, pero podían ejercer las "artes" y oficios que
funcionaban con una rigurosa organización corporativa, con garantías y privilegios. Los indios vivían sujetos a normas especiales que consagraban su desigualdad y sometimiento, aunque, como
veremos en párrafos siguientes, también algunos derechos específicos.
La independencia fue un enfrentamiento de "blancos" o criollos contra peninsulares o "chapetones". Los primeros ganaron, pero hicieron mínimas concesiones a los demás estamentos sociales
colonial. Desde luego que con la Independencia se removieron barreras estamentarias, pero, en general, las rígidas normas de la sociedad jerarquizada a base de fortuna y diferenciación racial se
mantuvieron.
La Vida Cotidiana
En ningún otro aspecto se reflejó mejor esta realidad que en la vida cotidiana. Su eje era la familia. En todos los niveles sociales, los lazos de parentesco eran fuertes y el matrimonio se
realizaba como un reforzamiento de estos vínculos con fuerte carácter patrimonial. Las formalidades matrimoniales manejadas por la iglesia eran solemnes, pero la existencia de hijos nacidos fuera
de matrimonio era frecuente y tolerada. Las uniones de hecho cuando el varón era de estatus superior a la mujer eran socialmente aceptadas. Los indígenas mantenían también sus tradicionales
ceremonias y costumbres maritales. En el hogar la mujer estaba sujeta al marido. Carecía de derechos legales para manejar la fortuna personal, pero sobre todo en las grandes familiares su
influencia en las decisiones económicas y políticas podía ser determinante.
La familia era centro de formación para el trabajo. En el barrio o la parroquia, era eje de las fiestas, que seguían el calendario religioso y agrícola. Los hábitos sanitarios eran prácticamente
desconocidos, con el consecuente problema de enfermedades infecciosas. Esta era una característica que cubría todos los niveles sociales, aunque las diferencias entre éstos se reflejaban en una
diversa y jerarquizada forma de vestir que diferenciaba a blancos, mestizos e indios. Así como las vinculaciones de sangre eran fuertes, también lo eran las de patronaje y compadrazgo,
establecidas en todos los niveles sociales.
Los Pueblos Indios
El régimen colonial consagró la inferioridad legal de los pueblos indios, obligados al pago de tributo e impuestos eclesiásticos; excluidos de puestos administrativos se mantuvieron sujetos a la
"doctrina", al margen de la educación; tuvieron que cumplir trabajo obligatorio y otras tareas que en muchos casos los condujeron a la servidumbre. Esta distinción que consagraba el sometimiento,
reforzada por el carácter estamentario de la sociedad y una ideología racista que defendía la "superioridad" hispánica, permitía la permanencia de la organización comunal con acceso a la tierra,
la existencia de autoridades indígenas y la defensa de ciertos derechos. Con la resistencia de los pueblos indios y el uso de la legislación colonial, se había generado un "espacio étnico" que
mantuvo vigente a la sociedad indígena con su identidad.
Con el establecimiento de la República los pueblos indígenas mantuvieron rasgos de su situación colonial. Pese a la expansión latifundista se logró mantener una parte de la tierra en manos
comunales. El sistema de gobierno de los "naturales", el cabildo, siguió funcionando y a veces los caciques y gobernadores indígenas fueron reconocidos por el Estado como autoridades con
jurisdicción, especialmente en la recaudación de impuestos.
La Posibilidad del Imaginario
En el año de 1857 dos sucesos conmovieron a la ciudad de Cuenca, en Ecuador. El primero, ocurrido el 20 de abril, fue el ajustamiento del indio Tiburcio Lucero, parricida condenado al cadalso. El
segundo, el suicidio de la poetisa quiteña Dolores Veintimilla de Galindo un mes más tarde.
El hecho fue una campanada que resonó en toda la provincia de mi mando y especialmente en el corazón delicado de la esposa y de la madre (Ella) extraviada con la lectura de algunos romances
perniciosos y nutrido su espíritu con un alimento puramente novelesco, vio disiparse sobre la tierra las ilusiones de su fantasía y se envenenó, creyendo hallar reposo en la obscuridad del
sepulcro. 1
¿Que había ocurrido y hacía que los dos sucesos tuvieran relación?
Dolores Veintimilla había asistido a la ejecución de Lucero y en su "Necrología" (publicada días después) condenó valientemente el sistema de la pena de muerte. En las frases finales de su
escrito decía: "que pronto, una generación más civilizada y humanitaria que la actual venga a borrar del Código de la Patricia de tus antepasados la pena de muerte". Las reacciones en su contra
no se hicieron esperar agudizadas, por los ya enconados sentimientos que despertaba en el medio estrecho y clerical de Cuenca la creación de la poetisa.
El hecho de que una mujer sola (su marido la había dejado) sea miembro de una sociedad literaria y recibiera en su casa "en tertulia" a los poetas de la ciudad y se "atreviera' a haber pública su
inconformidad ante la pena de muerte, defendida aún por la Iglesia Católica, era imperdonable.
En Hojas volantes anónimas (atribuidas por algunos autores a Fray Vicente Solano) no solamente la fustigaron por defender a Lucero "ya que el crimen debe ser expirado ante Dios y ante los
hombres", sino que calumniaron su reputación de mujer hasta el punto que acabó con su vida.
Es que el medio social de la época poseía otros canales represivos, diversos de los legales, pero tan efectivos como éstos, ejercidos desde la cotidianidad, como micropoderes dirigidos a aislar,
acosar y minar las fuerzas internas de los individuos. La muerte de Dolores Veintimilla debió provocar en la sociedad cuencana sentimientos parecidos a los del cadalso: la de un sistema social
vindicado en su principios morales y ante el cual las manifestaciones artísticas y públicas aparecían como transgresoras del orden social.
Y si el hecho anteriormente descrito revela, en todo su dramatismo, un suceso que por su trascendencia fue público, en e l discurso civil y religioso, en las descripciones de costumbres y en la
vida cotidiana se muestra la misma concepción.
Existe un clima moral que determina los ámbitos dentro de los cuales se puede mover la mujer y que se va formando a través de acciones cotidianas llegadas a ella a través de las instituciones que
la rodean. En el siglo XIX la religión fue importante como modeladora de costumbres: dominaba el medio familiar y educativo y controlaba cada espacio y tiempo libres. Hacia finales del siglo y
comienzos del XX se generan nuevos referentes de vida para la mujer de clase alta y media: la moda, el teatro, la lectura de novelas, así como las oportunidades abiertas por la educación laica y
por los empleos públicos destinados a mujeres. No obstante, elementos de la ideología religiosa quedarían "impregnados" en la subjetividad femenina como un "arquetipo" más o menos fijo de
comportamiento (.).
TOMADO DE ANA MARIA GOETSCHEL, MUJERES E IMAGINARIOS. QUITO EN LOS INICIOS DE LA MODERNIDAD, ABYA YALA, 1999, PP. 13 14
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