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Apuesta con el diablo PDF Imprimir E-Mail

Luís llamado "Chontillo" o venado por la agilidad de sus piernas para correr, se había dedicado tanto al juego de los naipes que ya no pensaba  en otra cosa desde que amanecía hasta el anochecer.

Como su padre había muerto, debía ayudar a su madre a la manutención del hogar y por eso pasaba lustrando zapatos durante el día y por la noche asistía a la escuela.

Tenía seis años cuando comenzó a trabajar de esa manera y durante unos tres o cuatro años le entregó a su madre todo el producto de su trabajo. Pero desde que se juntó con la pandilla de muchachos lustrabotas que se reunían a jugar naipes en la plaza durante las horas en que disminuía la clientela, empezó a darle cada vez menos dinero a su madre, tanto por que ya no trabajaba lo suficiente como porque empezó a hacer apuestas con los muchachos mayores que él.

Así llegó el día en que no tubo absolutamente nada para darle as u madre como producto de su trabajo y como lo regañara seriamente, optó por abandonar el hogar y por las noches dormía en cualquier rincón junto a su caja de lustrabotas con la que ganaba algo para comer y lo más para seguir haciendo apuestas con sus amigotes que los esquilmaban por ser el más pequeño e ingenuo, y cuando ya no tubo dinero para seguir apostando, lo hicieron a un lado y no quisieron saber más de él.

Furioso despechado y con hambre fue una noche a buscar un rincón donde dormir e iba a hacerse la señal de la cruz  antes de entregarse al sueño, tal como se lo había enseñado su madre, cuando se detuvo y lleno de rabia exclamó:

¡Al diablo! ¡Al diablo mejor voy a pedirle ayuda!

¡Muy bien jovencito! le contestó enseguida una figura alta y obscura

que emergió de la penumbra y que despedía un fuerte olor a azufre.

¿Quién eres...? le preguntó asustado el muchacho.

Soy aquel a quien has invocado y vengo a ayudarte.

¿El diablo...? inquirió el muchacho medio muerto de miedo.

El mismo respondió la negra figura. Y agregó:

Dime cuanto necesitas  e inmediatamente te lo daré.

¡No, no quiero nada! dijo entonces el muchacho y se hizo la señal de la cruz.

Acto seguido se oyó una fuerte carcajada y el diablo desapareció dejando el lugar lleno de aquel fuerte olor a azufre con el que se había hecho presente.

El Chontillo huyó de aquel lugar y fue a refugiarse en otro, pero aún así no pudo conciliar el sueño y juró dedicarse a trabajar honradamente e inclusive regresar al lugar cuando estuviera en condiciones de presentarse más decentemente ante su atribulada madre.

Pero esta buena resolución solamente duró hasta que lo atrapó nuevamente la tentación de reunirse a jugar con sus amigos, ante quienes hizo alarde de que iba a conseguir mucho dinero  y hasta subió las apuestas a cifras elevadísimas con la condición de que las pagaría al día siguiente.

Claro que lo había hecho casi como un juego de su subconsciente que recordaba la oferta del demonio, pero cuando se enfrentó a la realidad, vio que no le quedaba otra salida que aceptarla.

Así, pues  tan pronto obscureció se fue al mismo sitio de aquel fatídico encuentro con el diablo y luego de acurrucarse en un rincón, llamó tímidamente:

Satanás...Satanás...

Enseguida surgió la repulsiva figura de aquella otra noche y le dijo:

¿Qué quieres? ¿Para qué me has llamado...?

El muchacho titubeó un momento. Le costaba rendirse y entregarse tan fácilmente en manos del demonio. Pero se le ocurrió una idea y se la propuso así:

¿Qué te parece si hacemos una apuesta...? Tú me das el dinero que necesito para pagar mis deudas y para seguir jugando, apostando y viviendo a lo grande durante un año. Luego nos encontramos en la plaza y corremos una carrera desde allí al cementerio. Si tú me ganas, te entrego mi alma y allí mismo me abres las puertas del infierno. Si yo te gano queda pagada la deuda, si cualquiera de los dos se retira pierde la apuesta. ¿Aceptas...?

Convenido dijo el diablo lleno de satisfacción. Le tiró al suelo un abolsa con monedas y desapareció dejando el ambiente impregnado de fuerte olor a azufre.

Al otro día se fue el Chontillo a alquilar un cuarto, abrió un hueco en el piso y allí guardó el dinero. Luego fue sacando poco a poco para pagar sus deudas de juego, para comprarse ropa, para alimentarse bien, y especialmente para seguir jugando y apostando cada vez mayores cantidades, pues el dinero de la bolsa que le entregó el diablo no se agotaba nunca.

Sus amigos no sabían de donde el Chontillo sacaba tanto dinero, pero se sentían felices  de haber encontrado esa mina de oro y lo llevaban a todas partes no solamente para jugar y ganarle las apuestas sino para que él pague todos los gastos lo cual el muchacho hacía como que en realidad no le costaba nada. Pero el Chontillo ya no sentía ninguna alegría y solamente contaba primero los mese y luego los días  y las horas que le faltaban para cumplir su apuesta con el diablo.

Al fin el plazo se cumplió. El diablo se reía viendo que el Chontillo pensaba ganarle la apuesta  con la ligereza de sus piernas, pero esperó el tiempo convenido y justo al año y alas doce de la noche se encontraron en la plaza los dos extraños amigos.

Muy bien jovencito dijo el diablo ¿Cuáles son tus últimas condiciones...?

No han cambiado contestó Chontillo con un profundo dejo de tristeza en su voz y agregó señala tú el sitio exacto del cementerio y el que llega primero, gana; el que llega después o se retira pierde.

¡Veo que cumples¡ comentó el diablo lleno de satisfacción y luego explicó:

Frente al tumba Nro 14 del bloque central estará encendida una hoguera. La puerta del cementerio estará abierta ¡ Allí nos vemos! Da tú la señal de partida.

Uno...dos...!tres! contó el Chontillo y salió disparado en una loca carrera.

El diablo, que no necesitaba correr, sino que volaba manteniéndose a cierta distancia del muchacho, no esperó lo que luego habría de ocurrir.

Había una gran cruz de piedra en el centro de plazoleta frente al antiguo cementerio y cuando llegó allá el Chontillo, agotado por la carrera y por el miedo se abrazó da la cruz y murmuró:

¡Jesús ten piedad de mi!

Al oír esta exclamación y presenciar semejante escena de amor y de humildad, el diablo no pudo resistir y huyó dando terribles alaridos y dejando el lugar lleno de humo de la hoguera que estaba encendida frente a la tumba Nro 14 y que se apagó tan pronto el propio demonio desapareció por ella.

Así el diablo perdió su apuesta y el Chontillo regresó a la casa de su madre, a quien pidió perdón de sus desvíos y desde entonces fue un muchacho bueno y correcto.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso;
La mula de satanás PDF Imprimir E-Mail

En aquellos lejanos tiempos en que la ciudad de Loja se enmarcaba entre las calles que posteriormente se llamaron Bernardo Valdivieso, al oriente; Sucre, al occidente; Lourdes, al sur; e Imbabura , al norte, ocurrió un extraño suceso que conmovió a sus recatados moradores y se convirtió en el obligado tema de conversación de todos lo hogares lojanos que, ajenos a otra clase de diversiones, por las noches se reunían entre familiares y amigos para comentar los sucesos del día y rememorar las historias del pasado.

Estas conversaciones nocturnas se realizaban a la débil luz de una lámpara de aceite en las mejores casa o de una vela de cebo en las más humildes    y realmente se justificaban esas obligadas horas de ocio porque con tan mala iluminación no era posible otra cosa. En cambio aquella semi oscuridad se convertía en el ambiente propicio para el cuento, el chisme y muy especialmente para las leyendas de brujas, demonios y aparecidos, entre las que se cuenta aquella conocida con diversos nombres tales como "El Manto Guadalupano", "El Herrero Tilicas" y la "Mula de Satanás". Todos tres nombres guardan relación con una tradición que nos han contado  nuestros antepasados y es como sigue.

Por el año 1766, cuando era Corregidor y Justicia mayor de Loja Don Manuel Daza y Fuminaya, vino a esta ciudad procedente de la ciudad de Mexico, un joven y apuesto mancebo de origen español quien, ante la sorpresa de todos y especialmente de las jóvenes casamenteras y de las maliciosas beatas, ingresó al convento de San Francisco y vistió los hábitos con el nombre de Fray Bartolomé.

Pero el demonio no tardó en hacerlo caer en la tentación y ésta se le presentó en la forma de una bella y joven mujer cuyo origen no s e conocía y vivía arrimada a un anciana a quien llamaba tía. Por su aire desenvuelto y su acento costeño, algunos decían que la joven era de Portovelo, otros citaban a Macará o Zapotillo como su lugar de origen, pero lo cierto era que su belleza y la esbeltez de su cuerpo eran evidentes.

Fray Bartolomé se volvió loco por ella y muchas noches pasó desvelado pensando en la forma de escaparse del convento por las noches sin tener que saltar por las ventanas y las murallas como lo hiciera el famoso Padre Almeida en Quito.

En una fría mañana en que desde muy temprano el monje se paseaba por los corredores del Convento pues no había podido dormir y se aburría dándose vueltas en el duro lecho, vio entrar al herrero  que la gente le apodaba "Tilicas" y que él aceptaba de buen grado cual si fuera su propio nombre.

El herrero tilicas  era un buen hombre de aproximadamente de 60 años de edad y, además de los servicios que prestaba en su propio oficio, realizaba la limpieza del jardín del Convento generalmente desde las cinco y media hasta las siete y media de la mañana, hora en la cual tomaba el frugal  desayuno que le obsequiaban los legos de San Francisco y antes de las ocho ya estaba en su taller para atender a la escasa clientela  que lo visitaba.

La limpieza del jardín la hacía el herrero Tilicas más por devoción que por interés, pues no recibía más pago que el desayuno, y como el padre Superior lo consideraba hombre de absoluta confianza le había dado una llave de la pequeña puerta  del Convento por donde todos los días se repartía la comida a los pobres, a fin de que sacara una copia en su taller y pudiera entrar libremente a temprana hora de la mañana cuando aún no se habría la portería y los legos estaban ocupados en los menesteres de la iglesia.

Al ver entrar al herrero por esa puerta que quedaba al extremo norte de la calle Bolívar, casi formando esquina con la Imbabura, al monje s ele abrieron los ojos y el entendimiento ante la posibilidad que rápidamente pudo vislumbrar. Disimuladamente se acercó al herrero y éste lo saludó:

Buenos días, Padre                   

Buenos días le contestó el religioso y enseguida preguntó:
¿Por qué viene al Convento tan de madrugada...?

Siempre vengo a esta misma hora porque a las siete y media ya tengo que "alzarme" y con la limpieza del jardín nunca hay tiempo de sobra.

Sí, claro, así es. Pero dígame: ¿Cómo pudo entrar por esa puerta...?

¡Ah! dijo con orgullo el herrero El Padre Superior me dio la llave de la puerta de los pobres para que yo  hiciera una copia en mi taller y pudiera entrar de madrugada. Pero con el miedo de que pudiera perderse, hice dos y me salieron como anillo al dedo...La un ala ando a llevar y la otra la guardo para cuando se me  vaya a ofrecer.

Qué hábil y previsto es usted. Ya iré a su taller para pedirle que me haga unos pequeños trabajos que necesito.

Cuando Vuestra Reverencia lo desee. Estoy a sus órdenes.

Después de esta breve conversación, el religioso se  fue  a la sacristía y el herrero e improvisado jardinero prosiguió su camino.

Desde aquel día Fray Bartolomé se convirtió en un asiduo visitante del herrero Tilicas, quien tenía su taller en una tienda negra como el carbón que utilizaba para la fragua y que estaba situada en la calle que hoy se llama Imbabura, entre Bolívar y Sucre, a pocos pasos de la esquina trasera del Convento de San Francisco, en donde se encontraba la puerta de los pobres.

Para las primeras visitas  del religiosos al herrero hubieron pequeños pretextos de una u otra cosa  que el primero deseaba que hiciera el segundo.

Pero luego progresó tanto la amistad que ya no hubo necesidad de pretextos para que el monje llegara donde el herrero, ya sea al taller cuando estaba trabajando, o a la tienda contigua en donde tenía su vivienda, cuando eran horas de descanso.

Así llegó en día en que el fraile fue directamente al fondo del meollo, de esta manera.

Oye Tilicas : cierta vez me dijiste que habías hecho dos copias de la llave para entrar al Convento por la puerta de los pobres.

Si, es verdad y me resultaron perfectas.  Entonces  por qué no me das la un apara no tener que dar la vuelta por la portería y venir a visitarte con más frecuencia...?

¡Claro! ¿Por qué no voy a dársela si Vuestra Reverencia es uno de los dueños del Convento...? Déjeme buscarla y se la traigo enseguida.

Largos se le hicieron los minutos que tuvo que esperar hasta que regresara el herrero y casi no respiraba ni tragaba saliva como si ello pudiera estorbar para que Tilicas le trajera la llave que le abriría las puertas de la gloria terrena.

Pero no fue larga la espera porque el herrero sabía donde guardaba hasta el último clavo de su taller.

¡Aquí la tiene! le dijo al fraile, entregándole la llave.

¡Gracias! contestó el religioso escondiendo la emoción que aquello le causaba, y de regreso al convento convulsivamente apretaba contra su pecho la que era para él la llave del paraíso terrenal.

Desde entonces menudearon las visitas nocturnas de Fray Bartolomé a la hermosa joven que vivía a pocos metros del convento en una tienducha de mala muerte, al frente de la cual su propietaria expendía unos pocos víveres y tras del bastidor tenía su vivienda, típico modus vivendi de la gente del pueblo urbano. Pero la tienda tenía también un pequeño altillo o "mezanine" que anteriormente le servía a su dueña como sala de recibo, pero desde que llegó su sobrina se la cedió para que se instalara allí y como la grada o escalera empezaba justamente junto a al puerta de la tienda, por las noches la joven le quitaba la aldaba y el furtivo visitante llegaba directamente al entrepiso sin ser visto ni escuchado por la vieja que dormía a pierna suelta en la recámara de la tienda.

Casi un año duró el idilio de los dos amantes sin que nadie se percatara de lo que acontecía debido a la facilidad con que el fraile entraba y salía del Convento a altas horas de la noche sin ser visto de nadie debido a  la cercanía del lugar de las citas. Y la pasión que se había encendido en el pecho de ambos se encontraba en su punto culminante  cuando repentinamente un día la joven cayó gravemente enferma.

Vanos fueron todos los intentos que se hicieron para salvarle la vida. La hermosa joven que  fue el encanto y la admiración de tantos hombres y que especialmente a uno lo llevó al camino del pecado y de la perdición, definitivamente sucumbió a la muerte en un horrible día de invierno.

Trémulo de dolor Fray Bartolomé la acompañó en los momentos supremos de la muerte fingiendo ser un simple sacerdote que obraba en cumplimiento de su deber cuando en realidad desgarraba su corazón al ver extinguirse la vida de su amada. Cuando ella expiró y luego de que las vecinas la amortajaron con una blanca túnica en señal de que había muerto sin casarse, el mismo religioso colocó sobre sus hombros un hermoso paño guadalupano que había encargado a México y que le llegara justamente el día en que murió su bella amante. Luego clavaron la caja mortuoria y a la mañana siguiente la llevaron al cementerio y le dieron cristiana sepultura.

¡Tilicas ábreme la puerta! 

¡Tilicas! ¿Que no me oyes que me abras la puerta?

Por las barbas de Satanás, Tilicas, ábreme la puerta.

Era un anoche horrible de relámpagos y truenos con una lluvia pertinaz que caía a chorros y el frío calaba hasta los huesos.

Malhumorado, Tilicas abrió la puerta contigua a la herrería y preguntó.

¿Quién diablos se atreve a importunar así a estas horas de la noche...?

Soy yo, Tilicas, necesito que me des  herrando esta mula.

¿A estas horas y con este temporal...? ¡Estás loco!

Mira Tilicas: te voy a pagar bien y además no me voy a mover de aquí hasta que no me saques de este apuro.

Viendo la imposibilidad de resistir y también con el deseo de que pronto desaparezca de su vista ese hombre extraño a quien no recordaba haberlo conocido y que le infundía temor por su tez morena, su alto cuerpo embozado en una capa negra y su dentadura que parecía toda de oro y que brillaba en la obscuridad de la noche bajo el ala de su sombrero también de color negro, al fin le dijo:

Bueno, veamos lo que se puede hacer.

Mas al acercarse a la mula que no había estado quieta un solo momento, también le inspiró cierto temor y repugnancia que le obligaron a exclamar:

No puedo, la mula es chúcara y no tengo quien me ayude.

Yo te ayudo, Tilicas. No te preocupes. Ve a traer tu herramienta y aquí te sujeto la mula de modo que no se mueva.

Fue Tilicas a la herrería y trajo lo necesario para herrar a la mula, pero cuando le hundió el primer clavo en la pata del animal, al herrero le pareció escuchar como un lastimero quejido.

Como que se queja esta mula del diantre   dijo asustado Tilicas.

¡Nada de que se queja ni qué ocho cuartos! replicó airado el extraño jinete, de  modo que Tilicas apuró su trabajo y terminó lo antes posible.

Entonces el hombre de la capa negra le tiró un abolsa de cuero y le dijo:

Eso vale más que oro. Ve mañana donde tú amigo Fray Bartolomé y dile que por eso te dé el dinero que quieras.

Dicho lo cual montó su mula y partió a todo galope sacando chispas de las piedras de la calle y dejando en el ambiente un fuerte olor a azufre.

No bien amaneció fue el herrero donde  Fray Bartolomé  llevando el misterioso encargo y cuando el religioso abrió la bolsa de cuero y de allí sacó al paño guadalupano con que había amortajado a su amante, sufrió una impresión que casi lo mata.

A los pocos días pidió a sus superiores que lo trasladasen a un severo monasterio de Lima en donde vivió haciendo penitencia hasta su muerte.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso;

fuente: www.vivaloja.com

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Monday 17 may 2010 1 17 /05 /May /2010 06:17

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